Mitomanía, ahora comprendida, nacida de una desesperada necesidad de pertenecer.
Sensaciones de, a pesar de consistentes intentos, no poder conseguirlo.
Sentimientos de no sentirse a gusto aún a bordo de tus propios huesos.
Sorpresa por la irrevocable noticia de una sentencia definitiva;
Contradictoria a la crónica anunciada de unos ojos que, progresivamente, fueron apagando su luz.
Hostilidad circundante al extremo tal de concebir a la muerte como cobijo.
Cuestionamientos que se agolpan en el nudo de la garganta que ya no tendrán respuesta.
Conciencia tardía que llega cuando ya nada se puede hacer.
Cabos que se atan en silencio de potencias que ya jamás serán actos.
Inventarios emocionales del saldo que una tajante decisión dejó.
Preguntas sobre la posibilidad de existencia de algún titubeo previo, con el único fin de aplacar la impotencia.
Culpas que se reparten a diestra y siniestra sin ningún valor más que intentar morigerar la pesadumbre de la ceguera selectiva.
Desmotraciones y admiraciones posteriores que, se presume, harían dudar hasta al propio decisor.
Tristezas por la imposibilidad de transmitir la mirada en el espejo ajeno con sus propias gafas.
Promesas -que con tiempo se borronearán- de no volver a dejar un gracias sin decir, un abrazo sin dar, un te quiero sin demostrar... Hasta el próximo evento en donde la culpa sea de todos y de nadie a la vez.